viernes, 5 de agosto de 2016

Siguiendo con el Festival de Bayreuth hace escasos días escuchábamos en Radio Clásica (RNE) la versión de Tristan a cargo de Christian Thielemann. Nos vino a la memoria cuando le vimos en Viena hace años con la misma obra y con la actual "Isolde", la mezzo Petra Lang, por entonces (y durante muchos años) una estupenda "Brangäne". Hoy como entonces la dirección de Thielemann no nos ha dejado indiferentes "detalles en momentos clave como el mágico silencio, más largo de lo habitual, previo a la enunciación del acorde de Tristan" surte su efecto hipnótico en el oyente. Recuperamos ya la reseña publicada en Mundoclasico en 2003.


Viena se rinde ante Thielemann
IGNACIO DELEYTO ALCALÁ

Viena, sábado 7 de junio de 2003. Wiener Staatsoper. R.Wagner: Tristan und Isolde. Ópera en tres actos. Estrenada en Munich el 10 de junio de 1865. Música y libreto de Richard Wagner inspirado en el 'Tristan' de Gottfried von Strassburg. Dirección Escénica: Günter Krämer. Escenografía: Gisbert Jäkel. Vestuario: Falk Bauer. Thomas Moser (Tristan), Robert Holl (Rey Marke), Deborah Voigt (Isolde), Peter Weber (Kurwenal), Markus Nieminen (Melot), Petra Lang (Brangäne), Michael Roider (un pastor), In-Sung Sim (Timonel). Orquesta de la Ópera del Estado de Viena. Coro de la Ópera del Estado de Viena. Dirección musical: Christian Thielemann. Aforo: 2.300 localidades. Ocupación: 95%.


De entrada, una inusual imagen. Debido a los rigores del calor (el termómetro marcaba unos asfixiantes treinta y tres grados), los profesores de la Filarmónica de Viena entraban en el foso -para sorpresa de todos- en mangas de camisa. También en mangas de camisa y con paso firme y gesto serio, Thielemann hacía su aparición minutos después ante un aluvión de aplausos y bravos. Y es que Viena adora a Thielemann y quiere que vuelva con más repertorio germánico (ya están previstos, al parecer, un Parsifal y un Rosenkavalier). Thielemann, que sabe como hay que tratar a los vieneses, ha comentado en una reciente entrevista su intención de reducir sus apariciones operísticas (fuera de Berlín) a Bayreuth, Salzburgo y Viena. Tal deferencia ha hecho que sea (re)querido ahora mismo como pocos en la ciudad imperial.

Thielemann es un director que a sus cuarenta y cuatro años se ha ganado ya un prestigio como wagneriano, especialmente a raíz de sus apariciones en Bayreuth de los últimos años. Por eso, esta nueva producción de Tristan und Isolde generaba grandes expectativas pues ofrecía la oportunidad de ver al que muchos han denominado “heredero de la gran tradición directorial alemana” y era - por la combinación de obra, director y lugar- uno de los eventos más esperados de la temporada. Además, el debut de la soprano, Deborah Voigt en el papel de la princesa irlandesa, una de las pocas sopranos que por sus condiciones vocales pueden acometer la parte con garantías, añadía su otro punto de interés a esta producción firmada escénicamente por Günter Krämer. 

En este Tristan Thielemann fue el gran protagonista de la noche. El antiguo asistente de Karajan dirigió la magna obra sentado y de memoria (partitura abierta por la primera página toda la función). Verle dirigir es muy interesante. Tanto es así que a veces resultaba más atractivo seguir sus movimientos frente a la orquesta que ver lo que pasaba en escena. Se levantaba de la silla con frecuencia, se agachaba, se ponía en cuclillas, se estiraba, se reclinaba hacia atrás, se apoyaba en la barandilla y cada gesto producía asombrosamente un efecto en el sonido procedente del foso. Con el rostro impasible y muy comedido con las manos, mantuvo un equilibrio ideal entre las diferentes familias de la orquesta, jugó con la dinámica y consiguió hacer largos pasajes de un solo trazo como el Acto II, íntimo y profundamente romántico, lleno de lirismo y sabor wagnerianos.

Thielemann que no es un director efectista (sobriedad en los finales de los Actos I y II) sí incluye detalles en momentos clave como el mágico silencio, más largo de lo habitual, previo a la enunciación del acorde de ‘Tristan’ con lo que consiguió aumentar la tensión y retrasar las expectativas del oyente. La dirección fue aumentando en tensión emocional pero sin llegar a caer en engañosos apasionamientos ni arrebatos emocionales con los que es tan fácil traicionar el espíritu de una obra. Tras un Acto III deslumbrante por su exactitud, precisión rítmica y absoluta claridad de texturas, la muerte de Isolde fue radiante y ligeramente distante. En el foso la cuerda, luminosa y brillante, crepitaba con intensidad mientras que Thielemann se volcaba de lleno -con obsesivo control- en elevar su versión a esa dimensión a la que sólo unos pocos saben llegar. Cuando en el aire se apagó la última nota, entre el público se hizo un sobrecogedor silencio que duró unos diez segundos... Instantes después sonaron los primeros y tímidos aplausos que se convirtieron de inmediato en estruendosas ovaciones. Saludos y bravos a discreción.

Thielemann domina la partitura y tiene cosas que decir. No se puede pedir más.La Filarmónica de Viena es un instrumento de ensueño especialmente cuando toca en casa a Mozart, Wagner o Richard Strauss. Liderada por el mítico Rainer Küchl, hoy por hoy, no tiene rival en Wagner. La cuerda, conjuntada con precisión, es oro puro y destila un sonido denso y luminoso (sensacionales los ocho contrabajos). Las trompas, separadas del resto de los metales, con su característico sonido son un regalo para los oídos (aunque también pueden atacar mal una nota como en el preludio al Acto III); oboes y clarinetes de sonido suave y tupido (deliciosos el clarinete bajo y el corno inglés) y metales nunca estentóreos y bien integrados en el conjunto completan una orquesta sensacional se mire por donde se mire.

Robert Holl, uno de los habituales visitantes a la Colina Verde, fue seguramente el mejor de todo el elenco vocal. No sólo mostró un instrumento seguro, resonante y aterciopelado sino que reveló un legato y fraseo asombrosos. Además, el papel de ‘Marke’ al que sirvió con nobleza, le viene como anillo al dedo a sus cualidades vocales. En suma, un cantante conocedor como pocos del idioma y estilo wagnerianos. La mezzo Petra Lang fue otra de las bazas importantes del reparto. Su ‘Brangäne’ fue extraordinaria, de voz timbrada y expresiva y escénicamente convincente.Como apuntamos antes, esta producción supuso el debut de la americana Deborah Voigt en el papel de ‘Isolde’. Si ésta fue la primera vez, podemos ser optimistas de lo que puede llegar a conseguir cuando haya madurado más la parte. Voigt tiene un instrumento potente que pasa por encima de la nutrida orquesta wagneriana sin dificultad ninguna y sin sacrificar nunca su línea de canto. Es verdad que en algunos momentos su voz se reveló en exceso estridente pero sin traspasar los límites del buen gusto. Siguiendo con lo negativo, quizás no supo mostrar el contraste entre las diferentes ‘Isoldes’ que sugiere Wagner, una por acto, y siempre mantuvo una misma actitud vocal y escénica pero, en todo caso, Voigt posee una voz de peso y es capaz de defender la parte con mucha dignidad.

El público fue generoso en aplausos mientras la soprano, entre sonrisas, pasaba la mano por la frente en señal de agotamiento físico.Con muchas más reservas hay que tratar el ‘Tristan’ de Thomas Moser, un cantante muy rodado que ha pegado el salto a papeles heroicos. Para empezar, su voz no tiene brillo ninguno, le falta volumen y sólo en el segundo acto, donde tiene que cantar piano y mostrar su mezza voce, se acopló bien a la parte con una voz algo añeja como sacada del túnel del tiempo. Al principio parecía reservarse para la recta final de la obra pero el caso es que no pudo con el Acto III, el más exigente para el tenor, al que llegó sin fuerzas. La orquesta le tapaba constantemente. Thielemann no parecía dispuesto a sacrificar el sonido perfecto y contundente que salía del foso porque el tenor no pudiera con su parte. Decisión discutible pero comprensible. El ‘Kurwenal’ de Peter Weber no estuvo ni bien ni mal, se mantuvo en un suficiente y aburrido término medio.

La puesta en escena provocó una ruidosa desaprobación el día del estreno pero, a nuestro parecer, está exenta de incongruencias y originalidades injustificadas lo cual no es poco. Aunque la aparente búsqueda de intemporalidad y tanto estatismo sean cuestionables, no se le pueden negar un interesante Acto I con un escenario que representa la cubierta de un barco (con la sala de máquinas en un lateral) y un inteligente juego de planos. Hay que destacar el gesto de introducir el personaje de ‘Morold’ en la acción por medio de una armadura que aparece sentada en una silla en el Acto I. Su papel se ve reforzado cuando ‘Kurwenal’ le arrebata la cabeza y se la lanza a los marineros que se la pasan entre ellos mientras Brangäne trata de recuperarla afanosamente. Günter Krämmer reclama así atención para el personaje de ‘Morold’ tan presente en el texto, como una especie de mudo ‘Commendatore’ fantasma que planea por toda la obra, y le confiere un protagonismo que normalmente no tiene. El Acto II es sencillo y desnudo con un cabal juego de luces (azul y rojo) y unas siluetas de árboles en segundo plano. Cierto es que el aburrido vestuario no ayudó gran cosa aunque el negro en todos los trajes acertadamente preludió el trágico desenlace de la historia. En general, no entusiasmó pero tampoco defraudó.

En definitiva, éxito de director y orquesta que supieron ofrecer un Wagner convincente a pesar de las reservas anotadas. Con estas funciones Thielemann ya forma parte de la lista de directores que han hecho Tristan en Viena. Entre otros, Gustav Mahler, Wilhelm Furtwängler, Karl Böhm, Herbert von Karajan, Georg Solti y, last but not least, Carlos Kleiber. Ahí es nada.

Este artículo fue publicado el viernes 13 de junio de 2003.

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