domingo, 27 de marzo de 2016

Dentro del corpus liederístico de Franz Schubert son de igual importancia y popularidad los ciclos Winterreise y Schwanengesang que junto al ya citado Die schöne Müllerin conforman un tríptico de obligado conocimiento para el aficionado. En esta caja de Decca que hoy recuperamos para nuestro blog los encontramos todos en la personal e inconfundible voz de Peter Schreier, una leyenda viva del canto que todavía hoy, a sus más de ochenta años, continua en activo en clases magistrales y como recitador.




PETER SCHREIER, LA VOZ DORADA

Por Ignacio Deleyto Alcalá    

 
La carrera de Peter Schreier como cantante se situó en la órbita de tres géneros musicales: el oratorio, la ópera y el lied. Heredero de una tradición de tenores alemanes que se remonta a Karl Erb y pasa por Julius Patzak y Anton Dermota, Schreier fue un gran “Evangelista” y colaboró con especialistas en Bach como Eduard Mauersberger, Hans-Joachim Rotzsch y Karl Richter. Considerado en su día como el sucesor de Fritz Wunderlich en Mozart, su voz de tenor lírico vistió a los papeles mozartianos (y en menor medida a los straussianos) con una categoría y elegancia admirables siendo “Tamino” uno de sus roles más característicos (con el que se retiraría de los escenarios en Junio 2000). El lied alemán ocupó también un lugar prioritario en su carrera con una voz inconfundible de ribetes tornasolados, perfecta dicción, natural legato y amplia dinámica.

Peter Schreier, que debutaría en la Ópera de Dresde en 1959 en un pequeño papel de Fidelio tras haber estudiado canto y dirección en la Dresden Musikhochschule, perteneció a una generación de cantantes alemanes que dominaron la escena operística y los estudios de grabación durante décadas y conformaron una auténtica edad de oro del canto alemán, nombres que hoy quitan el hipo a cualquier aficionado: Fritz Wunderlich, Hermann Prey, Walter Berry, Karl Ridderbusch, Gundula Janowitz, Edith Mathis, Christa Ludwig, Brigitte Fassbaender, etc. Al igual que la mayoría de ellos, compañeros en tantos discos, fue un gran liederista como lo atestiguan sus numerosas grabaciones de lieder de Beethoven, Mozart, Schubert, Schumann, Wolf, Hindemith, etc.

El próximo año Peter Schreier cumplirá setenta años y llegará a esa edad en la que llueven los homenajes. Universal se adelanta ahora con la reedición en una caja de los tres ciclos de canciones de Schubert que realizara para Decca entre 1989 y 1991 junto a András Schiff. El tenor había grabado anteriormente versiones de Die schöne Müllerin y Schwanengesang con Walter Olbertz, testimonio del tenor en plenitud vocal. El primero fue reeditado por Berlin Classics; el segundo, salvo error, nunca llegó al disco compacto. De Winterreise existe una versión en vivo con Sviatoslav Richter (Philips, 1985) y también hay un Die schöne Müllerin con Konrad Ragössnig a la guitarra (Berlin Classics, 1988). Sin embargo, las versiones con Schiff tienen varias ventajas: concepto unitario por la proximidad entre las grabaciones, complicidad entre ambos artistas, acompañamiento de un auténtico especialista en Schubert y una toma sonora sensacional.

Evidentemente en estos años su voz no podía mostrar la lozanía y frescura de antaño pero Schreier, cantante de gran inteligencia, siempre cuidó mucho su voz -de hecho sigue haciendo recitales- y en estas versiones para Decca muestra un instrumento en plena forma. En cualquier caso, si algo se ha perdido en brillo o frescura, se ha ganado en madurez e introspección interpretativas. Su timbre es destellante y afilado, su magistral media voz seduce como pocas, su fraseo es de libro, su dicción es un modelo de claridad y su musicalidad innata. Podemos poner pequeños reparos: algunas notas graves difíciles de mantener, algún que otro deje personal y una paleta tonal no excesivamente amplia pero la voz de Schreier envuelve de tal manera que su canto emocionante, sin efectos ni maquillajes, nos arrastra hasta el final en un estilo de canto que a veces parece hablarnos o susurrarnos al oído.

En Die schöne Müllerin es obligada la comparación con la versión de Fritz Wunderlich (DG, 1966) registrada poco antes de su muerte en un fatal accidente. El malogrado tenor revela un timbre más cálido, suave y sensual, su canto es más amable, más acariciante pero en cuanto a experiencia interpretativa Schreier le supera sin contar con que el piano de András Schiff está a años luz del de Hubert Giesen. (No debemos olvidar que Wunderlich era aún muy joven y quién sabe lo que nos habría legado de haber vivido más años.) Schreier muestra tal identificación con este mundo de imágenes y colores que el oyente se ve involucrado en la felicidad o el sufrimiento del protagonista de la historia. Su voz no es particularmente bonita, no encandila sola por lo que el artista debe hacer el esfuerzo de interpretar, de recrear la partitura y convencer. Más allá de una sólida técnica o una madurez interpretativa evidentes nos encontramos con un sentido innato para el drama, una voz hecha para transmitir los estados de ánimo del enamorado a través de un sutil intervencionismo que nos lleva de la alegría a la angustia sin apenas darnos cuenta. La versión de Schreier se hace hueco entre las grandes y, en conjunto, supera a las de tenores como Peter Pears, Fritz Wunderlich u otras más recientes como la de Christoph Prégardien.

Pocas son las obras en el mundo del lied que supongan una experiencia musical del calibre de un Winterreise. Mientras una versión mediocre resulta insoportable y uno acaba por abandonar, una buena versión suele dejar al oyente en un estado de fría y desolada quietud, especialmente si el artista, como hace aquí Schreier, hace un equilibrado retrato emocional y espiritual del caminante. El tenor alemán sabe combinar los momentos de reposo y calma con los de angustia y tensión. No hay sobreactuación, no hay desfallecimientos, no hay concesiones; su concentración exige mucho al oyente que no queda impasible ante una lectura que atrapa de principio a fin pero que nunca llega a pesar demasiado. Su dicción es magistral como también lo es su capacidad para que una palabra o una sílaba cobre vida propia a través de un atinado uso de los reguladores. Su media voz en canciones como “Das Wirtshaus” o esa forma de decir cantando, en un hilo de voz, al final de “Der Wegweiser” son marcas de la casa. Seguramente voces como las de Hüsch, Hotter, Fischer-Dieskau o Prey se adecuen mejor a los recovecos de la partitura pero pocos artistas habrán recorrido los fríos parajes del Winterreise con la templanza, intensidad y uniformidad de nuestro tenor.

Schwanengesang no fue concebido como un ciclo. Poco después de la muerte del compositor, su hermano Ferdinand mandó 13 canciones de Heine y Rellstab al editor vienés Tobias Haslinger quien añadió “Die Taubenpost” para evitar el fatídico número. El romántico título “El Canto del Cisne” fue también invención del propio editor. Para su grabación Schreier incluyó una canción con textos de Rellstab, “Herbst”, tres canciones más con poemas de Seidl y adoptó el orden del poeta en el grupo de las de Heine. No hay que olvidar que Schubert compuso todas estas canciones para la cuerda de tenor aunque el tiempo y la tradición las hayan convertido en pasto para barítonos. Pocos tenores se han atrevido con este ciclo quizás por la dificultad de canciones como “Der Atlas” y “Der Doppelgänger” que piden una voz de mayor peso. Schreier lo suple con su incisivo fraseo, su impresionante legato y su capacidad para crear drama. Estamos ante una versión a la altura de las de Hotter, Dieskau, Prey o Fassbaender.

Concluiremos ya. Grabaciones que siempre han estado a precio alto, algunas ya descatalogadas, pasan ahora a precio medio, en una sola caja, con una presentación muy digna que incluye textos en alemán e inglés, un breve artículo y foto de los artistas. Quien quiera tener los tres ciclos por un tenor de categoría y un excelente pianista no debe dudar en hacerse con este álbum, un imprescindible para todos los amantes del lied alemán.

 
 
REFERENCIAS:
F. SCHUBERT: Die schöne Müllerin D 795, Winterreise D 911, Schwanengesang D 957 + Lieder. Peter Schreier, tenor. András Schiff, piano. DECCA 457 268-2. 3 CDs.
 
Página web: www.deccaclassics.com

lunes, 14 de marzo de 2016

Todavía no nos hemos adentrado en el mundo del Lied por lo que nuestra siguiente entrada estará a dedicada a este género mayormente desconocido o poco frecuentado por el aficionado medio. 
Decir Lied es decir Schubert y decir Schubert es pensar en cualquiera de sus más de 600 canciones para voz y piano y sus tres ciclos. Hoy nos detendremos en uno de ellos: La Bella Molinera y concretamente en dos versiones actuales de dos magníficos barítonos alemanes: Matthias Goerne y Thomas Quasthoff. Lean, escuchen si pueden y disfruten. 
Estamos ante una de las cimas de la música clásica.


BELLÍSIMA MOLINERA

Por Ignacio Deleyto Alcalá
 
¡Descansa, descansa! Cierra tus ojos,
cansado caminante, por fin has llegado a casa.

En una obra tan grabada como Die schöne Müllerin no es suficiente que un artista tenga el deseo de dar su visión, si ésta no es capaz de aportar algo sensiblemente diferente a las anteriores, o al menos, descubrir matices que otros no hayan conseguido captar. En otras palabras, una nueva versión no llegará muy lejos si es simplemente buena, o incluso muy buena, porque seguramente haya más de una docena a las que se les pueda aplicar tal calificativo. Por ello, cuando llegó a nuestras manos el disco del barítono alemán, Matthias Goerne -alumno de Dietrich Fischer-Dieskau y Elizabeth Schwarzkopf- estábamos impacientes por saber si habría justificación para esta nueva grabación. Antes de valorarla, trataremos de describir la voz de este barítono de treinta y cinco años nacido en Weimar y que desde siempre ha mostrado afinidad por el Lied alemán como lo acredita el buen número de recitales y grabaciones que tiene ya a sus espaldas. 


Goerne es un barítono lírico, de voz oscura y amplio registro grave, con un timbre no particularmente bello (para eso está Hermann Prey) pero capaz de moldear su instrumento en función de las exigencias de texto y música. Su voz es maleable, flexible y pocas veces queda fija. No cabe duda que tanto Goerne, como muchos otros de su generación, han crecido escuchando a Dietrich Fischer-Dieskau, sin que ello suponga caer en una imitación manifiesta de sus modos y maneras. Pero la influencia del berlinés en la generación posterior ha sido tan grande que, casi inconscientemente, todos han sucumbido a su embrujo. De todas maneras, Goerne demuestra ser un cantante con la suficiente personalidad como para no dejarse tapar por la sombra del maestro. 

Algunos aspectos que llaman la atención en Goerne son su canto legato, delicado, poético y suave, su maravillosa mezza voce y un rápido vibrato que hemos encontrado muy atractivo. Su control de la respiración se hace patente en las largas frases que es capaz de mantener sin perder color o fulgor en la voz. Su dicción, sin ser ejemplar, es clara pero, en ocasiones, como le pasaba a su maestro, se deja llevar por la fuerza de la música en un afán de rematar una frase o dar un acento determinado como en “Mein” donde afortunadamente no muestra los amaneramientos del berlinés, ni el afeminamiento de Bostridge. 

No es que sea excesivamente intervencionista con el texto, casi se podría decir que su interés recae más en la música que en el texto, pero sin duda está lejos del objetivismo de un Wunderlich o un Prey. Y por ello se puede echar de menos algo de la frescura y espontaneidad que estos artistas aportan a la obra. Otro aspecto positivo, es su tendencia a suavizar las consonantes fuertes, muchas veces destacadas innecesariamente por otros. Algo que puede molestar es su sonora respiración que se hace más audible de lo aconsejable.


Entremos ahora en la obra. A medida que vamos escuchando, nos encontramos con una lectura tranquila y sosegada, muy atenta al detalle, de tempi en general lentos que ciertamente atrae. “Morgengruß” es un ejemplo de esa atmósfera ensoñadora que Goerne es capaz de hacer con su acariciante y cálida voz y el sensible acompañamiento de Eric Schneider. También en otros momentos más alegres o nerviosos, como la aparición en escena del cazador, el barítono sabe dar a la interpretación el tono exacto con una voz varonil muy en su sitio y un pulso adecuado. Hasta aquí todo bien, el ciclo sigue adelante con sus contrastes, mostrando fielmente el hilo narrativo subyacente. Pero nada sorprende mayormente, o casi nada, pues los bellísimos pianissimos que inundan su lectura son toda una proeza interpretativa. 

Pero sí hay sorpresa mayor...y cuando llega, la versión da un giro introspectivo formidable. Está en las tres últimas canciones, muy importantes desde el punto de vista narrativo pues conforman el desenlace de la historia del molinero. Aquí, Goerne y Schneider traspasan la frontera del día, adelantándose a la noche más radiante y sublime, creando una especie de reconfortante marcha fúnebre hasta el último compás. Ambos artistas consiguen que el tramo final de esta obra suene diferente y hacer eso no es fácil (aunque avisamos que no gustará a todos). 
La magia empieza en “Trockne Blumen” donde, como decimos, la música parece entrar en una esfera diferente: un tempo sosegado, una rica gama dinámica y una música que con su lentitud y delicadeza preludia el fatal final del protagonista. La misma tónica se repite en “Der Müller und der Bach” pero con mayor recogimiento y quietud: un momento de reflexión donde el molinero finalmente decide unirse al “fresco reposo” que le proporciona el arroyo. Goerne con una concentración casi hipnótica muestra una aterciopelada mezza voce a la que es imposible resistirse y que se convierte en su principal arma hasta el final.
Pero el auténtico éxtasis llega con la última canción “Des Baches Wiegenlied”, una canción de cuna aquí interpretada como tal, donde ambos artistas se sumergen en una atmósfera ensoñadora, donde lo real se funde con lo irreal, como vista a través de las ondas del agua. Con un hilo de voz y un pulso quedo, marcando pianissimo a lo largo de toda la canción, Goerne hace que la música fluya lenta, espaciosa e inevitable y ofrece una lectura de reposada y resignada quietud: el molinero ha aceptado su final y descansa pacíficamente en las profundidades del arroyo “hasta que todo vuelva a despertar”. La frase final, hecha como en un susurro, es de una belleza increíble y corona una versión infrecuente pero cautivadora. 
Los nueve minutos largos que dura esta última canción (rebasando con creces a las once versiones que hemos manejado en la comparación) se hacen cortos. Goerne sale más que airoso de la prueba aunque la dificultad de mantener la voz relajada, equilibrada y firme, sin moverse de su sitio (a ese tempo) es manifiesta y sólo al alcance de cantantes con una gran técnica. Puede que a algunos les disguste la lentitud de la versión pero tras varias escuchas uno tiene la sensación de que el significado y alcance de la música están mejor servidos así. 
También hay que felicitar a Eric Schneider que consigue que el piano suene cercano, íntimo, mullido y muy humano. Ni una nota suena mecánica o artificiosa. Por el contrario, cada nota aporta contenido semántico a la música. Además, pocas veces hemos sentido una comunión mayor entre cantante y pianista.
Estamos ante una versión polémica que despertará reacciones encontradas. A nosotros, al menos, nos ha convencido pues, entre otras virtudes, realza como ninguna el contraste entre las primeras y las últimas canciones: el largo viaje emocional que el protagonista ha recorrido hasta anhelar su descanso final. Máxima concentración, lectura reflexiva aunque no cerebral, profundo estudio de la partitura, madurez interpretativa, y lo más importante, un concepto propio (y arriesgado) hacen que esta versión cobre vida propia, especialmente en su último tramo. Incluso los menos entusiastas querrán tener este disco por su novedoso enfoque de una obra tan conocida. 
Por tanto, nueva versión que tiene razón de ser pues enriquece el espectro interpretativo de esta magnífica obra (que es lo que se espera) y se coloca a la misma altura que las de Aksel Schiøtz (Preiser), Fritz Wunderlich (DG), Fischer-Dieskau (DG I) o Hermann Prey (Philips), todas de mucho interés y muy diferentes entre sí. 



REFERENCIAS:

SCHUBERT, F.: Die schöne Müllerin, D795. Matthias Goerne, barítono. Eric Schneider, piano. DECCA 470 025-2 DH.

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LA BELLA MOLINERA DE QUASTHOFF  

Hasta hace poco la mayoría de barítonos alemanes eran inevitables presas de la todopoderosa sombra del gran Fischer-Dieskau. Es más, parecía que para tener credibilidad como liederista había que, al menos, “sonar” a Fischer-Dieskau. De hecho, algunos fueron verdaderos imitadores del maestro berlinés -quizás el caso más flagrante haya sido Olaf Bär que, sin embargo, nunca tuvo su genialidad ni su penetración en el canto. 
Pero siempre hubo vida más allá de Fischer-Dieskau incluso entre sus coetáneos, (por no introducirnos en el túnel del tiempo y rebuscar entre grandes liederistas del pasado como Hüsch, Rehkemper, Hotter, etc). Algunos colegas del berlinés, dotados de voz y estilo propios, nunca le imitaron. Nos viene a la mente Hermann Prey, cantante inteligente y poseedor de un bellísimo instrumento. Pero haya sido por su abultada presencia discográfica o por razones de dominancia de diversa índole, Fischer-Dieskau se convirtió en el barítono alemán por excelencia de la época y, por ende, en el modelo a seguir para su generación y, por supuesto, para generaciones posteriores.

Entrando en el campo de la pura especulación, nos da la impresión que ahora se está dando el caso contrario. Las nuevas generaciones de barítonos, salvo alguna excepción,  buscan alejarse lo más posible de sus modos y maneras. Es como si se hubiera dado la vuelta a la tortilla y hoy día no hubiera peor cosa que te digan que imitas al berlinés.
 De ser realmente así no podemos sino felicitarnos por ello ya que tratar de ser como Fischer-Dieskau (como tratar de ser, digamos, un Hans Hotter) es no sólo tarea hercúlea sino de escaso interés, pues, para qué queremos copias si podemos disfrutar del original. Cada cantante debe buscar su camino, dotarse de una técnica segura, seguir su propio instinto y dar su personal visión basada, por un lado, en el estudio de la partitura y, por otro, en el despliegue de sus recursos expresivos.

Lo cual nos lleva hasta Thomas Quasthoff, hoy por hoy uno de los mejores liederistas en activo* y que nos sirve de perlas a lo expuesto antes ya que es la antítesis de Fischer-Dieskau. Como ya hemos dicho en alguna ocasión, Quasthoff es un cantante de técnica portentosa, dicción ejemplar, bello canto legato y complicidad expresiva con el texto. Tras escuchar su Bella Molinera observamos un canto sin manipulaciones expresivas, que a veces llega a tener un sentido de habla natural, algo así como un “hablar sonado” ligeramente apoyado aquí y allá por discretos acentos que, sin embargo, no rompen esa línea de sencillez y naturalidad. Nada, por tanto, más alejado del desmesurado intervencionismo de Fischer-Dieskau. Tampoco hay lugar para la afectación lo cual hace que la escucha nunca sea cargante. Si a ello añadimos una amplia paleta de colores, una bella media voz y una sutil dramatización en ciertos momentos nos encontramos ante una excelente lectura de este genial ciclo de canciones de Schubert.

Las mayores reservas se plantean cuando llegamos al final y nos preguntamos si su versión ha sido capaz de emocionarnos. Así como escuchar La Bella Molinera a Fischer-Dieskau (EMI 1962 o DG 1969) supone una tremenda experiencia emocional, de enorme intensidad expresiva, la lectura de Quasthoff resulta excesivamente terrenal y, nos deja con ganas de más, o mejor dicho, con ganas de otra cosa. Ahí radica el mayor problema: para acercarse a una obra de tamaño alcance no es suficiente con cantarla con excelencia; el intérprete debe conseguir que el oyente se sienta arrollado por la fuerza de música y texto. Y esto es algo que, a nuestro juicio, no pasa aquí.
Por supuesto que en la lectura del alemán hay momentos de gran penetración como, por ejemplo, su dramatización en “Der Jäger” (pese al moroso tempo) o la última de las canciones en la que el cantante tiñe su voz de cansancio y resignación como si fuera lo único que le queda al joven aprendiz de molinero. Pero algunos momentos inspirados en el marco de una apolínea y equilibrada interpretación no nos apea de nuestra valoración final: gran versión que nunca emociona. El acompañamiento de Justus Zeyen se pliega a los presupuestos estéticos del barítono alemán y resulta delicado y de finísima matización aunque parco en intensidad. La toma de sonido es particularmente transparente y el equilibrio entre voz y piano modélico.

Entre las versiones para barítono nos quedaríamos antes con las mencionadas de Fischer-Dieskau, la cálida y matizada de Gerhard Hüsch (Preiser o Hännsler 1935)**, la muy personal de Gérard Souzay (Philips 1964) o la de Hermann Prey (Philips 1974) que se enmarca en la línea no intervencionista seguida por Quasthoff pero que nos mantiene “enganchados” de principio a fin. Entre los barítonos actuales Matthias Goerne (Decca 2002), reconocido pupilo de Fischer-Dieskau, ofrece una visión arriesgada y de mayor calado emocional sin caer en la mera imitación del maestro. Para tenor podríamos destacar, entre otras, las versiones de Aksel Schiøtz (Preiser 1945), Fritz Wunderlich (DG 1966), Peter Schreier (Decca 1991). 
En definitiva, la de Quasthoff/Zeyen es una versión que tiene cabida aunque sin llegar a la altura de las mencionadas antes.
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* Como muchos sabrán, Thomas Quasthoff tiene un defecto físico: es un talidomídico y, por ello, desarrollar una carrera a este nivel de excelencia y conseguir en su caso una magnífica técnica de respiración tiene doble valor.
** Gerhard Hüsch (1901-84) fue el primero en grabar Winterreise Die schöne Müllerin, acompañado al piano por Hans Udo Müller. Ambos ciclos, registrados en la década de los treinta, se pueden encontrar en un doble álbum publicado por Preiser Records (Preiser CD 89202).
 
REFERENCIAS:
 
F. SCHUBERT: Die schöne Müllerin D795. Thomas Quasthoff, bajo-barítono. Justus Zeyen, piano. DG 474 2182 GH.